Salvación y restauración

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Mientras estoy en el mundo, luz soy del mundo. (Juan 9: 5)

SI ENTREGAMOS toda nuestra carga a él, Cristo Jesús puede restaurarnos completamente. Cuando Jesús salió del Templo, se encontró en la calle a un ciego de nacimiento que pedía limosna. Al templo no podían entrar los leprosos, los cojos y los ciegos. Los judíos creían que los enfermos estaban en esa condición por algún pecado cometido por ellos o sus padres. Jesús se acercó a él lleno de amor y compasión por hacer algo a su favor, sin que se lo pidiera.

Los discípulos le preguntaron si él o sus padres eran los culpables de haber causado la ceguera por causa de su pecado. Jesús les respondió: «No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Juan 9: 3). El relato afirma que sus padres podían adorar en el templo, pero su hijo ciego no. A pesar de esto, el ciego no reclamó ni acusó a los hombres que decían que estaba ciego por pecados que él había cometido, sino que esperó que Jesús hiciera todo por él. No pronunció palabras, sino que permitió que Jesús actuara.

El Señor conoce los corazones de quienes depositan todo en sus manos y confían que él actúe en su vida. Con esto, Jesús enseñó que el templo es para los enfermos del pecado, porque él vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido. Vino a restaurar la condición espiritual de los enfermos y a dar vida eterna a todos los que crean en él.

Cuando dejamos nuestras cargas en las manos de Dios, se nos quita su peso de encima y él se encarga de todo lo demás: «Venida mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» (Mateo 11: 28).

El ciego de nacimiento, en cuyo caso reflexionamos ayer, era un joven despreciado por la sociedad. Sin embargo, así como ese pobre ciego depositó su carga en Cristo, también nosotros podemos en este día para ser restaurados totalmente.

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