La inteligencia del Señor no tiene límite

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Grande es nuestro Dios, y grande su poder; su inteligencia es infinita. Salmo 147: 5

Estaba en mi segundo año de universidad en la Facultad de Derecho y había hecho muchos sacrificios para llegar hasta allí: Había renunciado a muchas salidas, a momentos de ocio y había pasado largas horas en la biblioteca investigando. Me comparaba a mí mismo con Daniel en Babilonia, es decir, en un lugar próspero académicamente, pero muy secular.

En efecto, en esta universidad estatal no estaba permitido mencionar a Dios y muchos profesores eran abiertamente ateos. Sin embargo, estaba decidido a dar testimonio de mi fe siendo un estudiante modelo. Ya habiendo comenzado el año universitario, nos informaron de los horarios y, ¡me topé con un gran problema! Las clases de Historia del Derecho, que contaban mucho para avanzar en la carrera se impartían los sábados por la mañana.

Aunque quería sacar adelante mis estudios, para mí no era una opción transgredir el día del Señor. Por tanto, después de informar al profesor, falté sistemáticamente a las clases de los sábados. Cuando los demás estudiantes se percataron de la situación, me preguntaron por qué no asistía a clase, y les respondí que respetaba el sábado y que acudía a la iglesia. ¡Me tildaron de loco y me dijeron que estaba jugando con mi futuro! Mi respuesta fue que «el Señor es grande y grande su poder; su inteligencia es infinita».

Adquirí el libro de texto y lo estudié tomándomelo muy en serio y, cuando se publicaron los resultados de los exámenes, todos los estudiantes se quedaron perplejos, atónitos. ¡Había obtenido la mejor nota en Historia del Derecho! ¿Cómo había sido posible? Les respondí que Dios me había bendecido de una manera especial, la cual promete a aquellos que, frente a todo, le son fieles. La inteligencia del Señor no tiene límites y nos ha dejado una promesa maravillosa: «Si alguien se declara a mi favor delante de los hombres, yo también me declararé a favor de él delante de mi Padre que está en el cielo» (Mateo 10: 32). «Les digo que si alguien se declara a mi favor delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor de él delante de los ángeles de Dios» (Lucas 12: 8).

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