Ammi: “mi pueblo”

Escrito por el diciembre 6, 2017

En Romanos 9:25 Pablo cita Oseas 2:23, y en Romanos 9:26 cita Oseas 1:10. El contexto es que Dios instruyó a Oseas a tomar “una mujer fornicaria” (Ose. 1:2) como una ilustración de la relación de Dios con Israel, porque la nación había ido tras dioses extraños. Los hijos nacidos de este matrimonio recibieron nombres que representaban el rechazo de Dios y el castigo del Israel idólatra. Al tercer hijo lo llamaron Loammi (Ose. 1:9), que literalmente significa “no mi pueblo”.

Sin embargo, en medio de todo esto, Oseas predijo que llegaría el día en que, después de castigar a su pueblo, Dios restauraría sus vicisitudes, quitaría sus falsos dioses y haría un pacto con ellos. (Ver Ose. 2:11-19.) En ese momento los que eran Loammi, “no mi pueblo”, llegarían a ser Ammi, “mi pueblo”.

En los días de Pablo, los Ammi eran “nosotros, no solo […] los judíos, sino también […] los gentiles (Rom. 9:24). Qué presentación clara y poderosa del evangelio, un evangelio que desde el principio fue para todo el mundo. No es de extrañar que, como adventistas, tomemos parte de nuestro llamado de Apocalipsis 14:6: “Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo”. Hoy, como en la época de Pablo, y como en los días del antiguo Israel, las buenas nuevas de la salvación se difundirán por todo el mundo.

Lee Romanos 9:25 al 29. Observa cuántas veces Pablo cita el Antiguo Testamento para expresar su opinión acerca de las cosas que estaban sucediendo en su época. ¿Cuál es el mensaje básico que se encuentra en este pasaje? ¿Qué esperanza se les ofrece allí a los lectores?

El hecho de que algunos de los compatriotas de Pablo rechazaran el llamado del evangelio le causaba “gran tristeza y continuo dolor” en su corazón (Rom. 9:2). Pero al menos había un remanente. Las promesas de Dios no fallan, aunque los seres humanos sí. La esperanza que podemos tener es que, al final, las promesas de Dios se cumplen, y si reclamamos esas promesas, también se cumplirán en nosotros.

¿Con qué frecuencia te falla la gente? ¿Cuán a menudo te has fallado a ti mismo y a los demás? Probablemente más veces de las que puedas contar, ¿verdad? ¿Qué lecciones puedes aprender de estos fracasos sobre dónde debe estar tu mayor confianza?


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